viernes, 16 de diciembre de 2011

Envidia por la física

Texto publicado en la Gaceta
del Fondo de Cultura Económica
,
núm. 411, marzo de 2005,
con motivo del Año Internacional de la Física


La física, según piensan muchos –en especial los físicos–, es algo así como la reina de las ciencias. No hay ciencia más avanzada, precisa, ni que ofrezca resultados y aplicaciones más poderosas que esta disciplina paradigmática.

Y no falta razón para pensar así. Algo debe tener de especial esta ciencia; después de todo, ha sido capaz de colocar naves espaciales con toda precisión en la superficie de mundos distantes. El aterrizaje (o “erotizaje”) del satélite NEAR de la NASA sobre el asteroide Eros, a 195 millones de kilómetros de la Tierra y que mide tan sólo 33 kilómetros de largo por 13 de ancho, en 2001, es un ejemplo extremo del control que puede lograr la moderna tecnología de telecomunicaciones aunada a la computación (ambas, por supuesto, derivadas del conocimiento físico) y a la correcta aplicación de las leyes de Newton. La física, a través de la espectroscopía, nos ha revelado la composición química de estrellas a las que nunca podremos acercarnos. Logró explicar la estructura íntima de la materia y controlar el comportamiento de las partículas subatómicas que la constituyen, como los electrones que hoy trabajan para nosotros en focos, televisores, computadoras, calentadores, teléfonos celulares... Se trata de una disciplina, en fin, que ha logrado trastocar no sólo la forma en que vivimos cotidianamente, sino incluso nuestra concepción de lo que significan el espacio y el tiempo –conceptos “evidentes” si es que los hay.

La física frente a las otras ciencias
Tradicionalmente se había considerado a la filosofía como madre y reina de todas las ciencias, que nacieron de ella y, luego de una etapa de “filosofía natural”, se fueron independizando. Hoy son quizá las matemáticas quienes pudieran disputarle a la física el título de reina. Aunque quizá sólo en opinión de los matemáticos, pues el resto de los mortales las juzgan hasta cierto punto carentes de sentido, a menos que puedan ser aplicadas (por ejemplo, al servicio de la poderosa física). Similar suerte ha corrido incluso la orgullosa filosofía, hoy con frecuencia –y muy injustamente– despreciada por físicos -y por otros científicos- como una especie de conjunto inútil de “simples” divagaciones y conjeturas.

La idea de la superioridad de la física se percibe, por ejemplo, en los escritos de muchos historiadores de la ciencia, que llegaron a utilizar frases reveladoras como que la física era la “primera” ciencia que llegó a madurar, en gran medida por haber logrado matematizarse. Daban así a entender que, en algún momento, tanto la química como la biología, e incluso las ciencias sociales (disciplinas todas ellas aún “inmaduras”, según esta concepción), deberían esforzarse por alcanzar este ideal.

Son varios los aspectos de la física que clásicamente se toman –con toda razón– como muestra, y al mismo tiempo causa, de su gran éxito y poder. Entre los principales están su método esencialmente cuantitativo y su uso de las matemáticas para generar descripciones; concretamente mediante fórmulas matemáticas, al grado de que se considera que son las ecuaciones, y no las engañosas palabras, las que representan con mayor precisión la realidad de los conceptos físicos.

La enorme exactitud con que los modelos matemáticos que generan los físicos logran predecir el comportamiento de los sistemas estudiados es asombrosa. (En este sentido, curiosamente, son las matemáticas las que han permitido la consolidación de la física como ciencia exitosa, no la física la que les ha dado “sentido” a las matemáticas al hallarles aplicación). Más recientemente, la capacidad de los físicos para generar simulaciones computarizadas les ha permitido realizar verdaderos “experimentos” sin necesidad de recurrir a la realidad más que como medio para confirmar lo que se descubre al estudiar estos mundos virtuales.

¿Qué sucede con otras ciencias? La química, por ejemplo, y a pesar de los grandes avances que logró al volverse cuantitativa, con Lavoisier, al matematizarse con los grandes fisicoquímicos del siglo XIX y al utilizar, en las últimas décadas, poderosas simulaciones en computadora, ha sido siempre una ciencia esencialmente constructiva. Como señala Roald Hoffmann en su libro Química imaginada, la química se dedica a fabricar sus propios objetos de estudio (los cientos de miles de nuevos compuestos que se inventan cada año), más que a estudiar una naturaleza preexistente. Sobre todo en sus etapas más recientes, se trata de una ciencia mucho más sintética que analítica. Curiosamente, sus poderes de predicción son notoriamente limitados... lo que muestra que quizá no sea necesariamente la predicción su principal objetivo.

La biología, por su parte, durante un largo periodo, en su etapa de “historia natural”, se dedicó fundamentalmente a describir y clasificar, lo que hizo que fuera considerada por muchos como una “ciencia en vías de desarrollo”. Y quizá fuera cierto, pero la llegada de dos teorías -la celular, consolidada por Schleiden y Schwann alrededor de1837, que mostró la unidad esencial de todos los seres vivos, y la de la evolución por medio de la selección natural, de Darwin y Wallace, que en 1859 proporcionó la columna vertebral que organiza el conocimiento biológico- permitió a esta disciplina apuntalarse finalmente como una ciencia por derecho propio.

Nuevamente, se trata de una ciencia no predictiva –mucho menos predictiva incluso que la química-, sino fundamentalmente explicativa. Filósofos de la biología como el recientemente fallecido –y centenario– Ernst Mayr se han esforzado en argumentar (por ejemplo en The growth of biological thought) el carácter eminentemente histórico de su ciencia. La biología muestra cómo son y cómo se comportan los sistemas biológicos, al tiempo que explica cómo llegaron a ser así. La evolución es un proceso histórico que por ello mismo resulta prácticamente imposible de predecir, excepto en los términos más generales: a lo más que puede aspirarse es a justificar, con base en la teoría, cómo fue posible que sucediera lo que sucedió.

En las últimas décadas, el surgimiento de historiadores profesionales de la ciencia –en contraste con los historiadores aficionados provenientes de las propias disciplinas científicas– ha determinado un cambio en la forma en que se concibe la evolución de las disciplinas científicas. Las ideas de los positivistas, por ejemplo, que ponderaban la “madurez” e incluso la “cientificidad” de una ciencia con base en criterios como las mediciones cuantitativas y la generación de modelos matemáticos, basados desde luego en el modelo de las ciencias físicas, comenzaron a ser rebatidas. Puede haber, se dijo, otros criterios más adecuados para juzgar a las distintas ciencias.

Incluso las ideas de Thomas S. Kuhn respecto al avance de las ciencias a través de revoluciones en las que un paradigma dado es sustituido por otro con el que es esencialmente incompatible han sido cuestionadas al tratar de aplicarse a las ciencias químicas o biológicas. Al parecer, todos estos modelos históricos se desarrollaron tomando a la física como prototipo, y hoy se están desarrollando nuevas concepciones que parten de las características particulares de cada ciencia.

El reduccionismo fisicalista


Otra de las ideas que han pasado a formar parte del “sentido común” de la imagen popular de la ciencia –compartida incluso por muchos investigadores–, y contra la que se han levantado ya numerosas objeciones, es la de que todas las otras ciencias se pueden “reducir” a la física.

La física explica los componentes fundamentales del universo físico: materia, energía, espacio, tiempo. Como la química y la biología son ciencias naturales, con una visión naturalista de sus objetos de estudio que excluye la participación de entidades sobrenaturales o paranormales, cualquier explicación de objetos o fenómenos químicos o biológicos debe partir de elementos exclusivamente materiales. En última instancia, de los átomos y las partículas fundamentales que los conforman, los cuales son hoy descritos por las leyes de la física; concretamente por las ecuaciones de la mecánica cuántica (aunque la enorme complejidad de los cálculos detallados hace que esta descripción exista sólo “en principio”).

Se llega así a la idea de que, en última instancia, tanto química como biología, y estirando un poco la imaginación, incluso la psicología y quizá la sociología, pudieran ser en principio totalmente explicadas con base en las propiedades de los átomos y las partículas fundamentales que constituyen moléculas, células, organismos y sociedades. “La biología, que es física disfrazada de química”, llegó a escribir –probablemente con ironía– el destacado químico Peter W. Atkins.

También con ironía, el escritor de ciencia ficción Isaac Asimov planteó en su genial trilogía de Fundación la idea de una ciencia –la “psicohistoria”– capaz de predecir el comportamiento futuro de las sociedades humanas, no como individuos particulares, pero sí en masa, de la misma forma que la teoría cinética de los gases permite a los fisicoquímicos predecir con toda precisión el comportamiento estadístico del gran número de partículas que conforman un gas.

Sin embargo, el filósofo Rudolph Carnap no estaba siendo irónico cuando describió esta postura, conocida como “fisicalismo”, diciendo que “el lenguaje de la física es un lenguaje universal, que comprende los contenidos de todos los otros lenguajes científicos... toda proposición de una rama del lenguaje científico equivale a algunas proposiciones del lenguaje fisicalista y, por tanto, puede ser traducida a ella sin cambiar su contenido”.

Por desgracia –o quizá afortunadamente–, el mundo natural no es tan sencillo. Si bien es cierto que en un sistema biológico –como puede ser un cerebro humano– no hay componentes “inmateriales” que sean responsables de sus propiedades biológicas –estar vivo– o psicológicas –tener conciencia–, tampoco tiene sentido pensar que la explicación de cómo surgen fenómenos como la vida o la conciencia puedan hallarse al estudiar el comportamiento de átomos o partículas fundamentales.

Se trata de un problema de niveles: así como el comportamiento de un programa de computadora, por ejemplo, no puede entenderse si se estudian los cables y microcircuitos que la forman, o el flujo de los electrones que circulan por ellos (los programas y su comportamiento no existen, ni son por tanto observables, en esos niveles), tampoco tiene sentido aplicar un reduccionismo extremo para estudiar a nivel físico los sistemas químicos o biológicos.

La clave está en el concepto de fenómenos emergentes, resultado de la forma en que los componentes de un sistema complejo interactúan para dar origen a propiedades de un nivel superior de complejidad, que no podrían haber sido predichas sólo estudiando los componentes por separado. Es la existencia de estos fenómenos emergentes lo que da al traste con la idea de que las explicaciones que dan las ciencias químicas o biológicas puedan ser “reducidas”, incluso en principio, a explicaciones puramente físicas.

Física y biología moderna
Pero si bien la física no es entonces el modelo ideal al que deba aspirar cualquier otra ciencia, ni tampoco la explicación fundamental a la que puedan reducirse éstas, esto no quiere decir que haya un divorcio entre disciplinas.

La naturaleza es una, y las distintas ciencias –hay también quien habla de una sola ciencia– son sólo manifestaciones de las formas en que el ser humano estudia los distintos aspectos del mundo que lo rodea. La interdisciplina es hoy la norma, y así como se habla de fisicoquímica, biofísica o bioquímica, está claro también que la colaboración entre ciencias físicas, químicas y biológicas (por no mencionar, nuevamente, a las ciencias sociales) ofrece los frutos más sustanciosos en cuanto a generación de nuevos conocimientos se refiere.

Un ejemplo contundente fue el nacimiento de la biología molecular, ciencia paradigmática de la segunda mitad del siglo pasado y protagonista fundamental del presente.

El estudio de las bases moleculares de los sistemas vivos, y en particular de la transmisión de la información hereditaria, fue posible gracias a los fundamentos sentados por el botánico Mendel, quien concibió el concepto de gen en 1866; por el químico Miescher, descubridor en 1869 de la “nucleína” (posteriormente rebautizada como ácido desoxirribonucleico, ADN), y por el zoólogo Morgan, que localizó alrededor de 1910 los genes en los cromosomas del núcleo celular. No obstante, los padres de la biología molecular fueron principalmente físicos, y lograron su hazaña usando métodos fundamentalmente físicos.

Físicos eran los ingleses Bragg, padre e hijo, quienes en 1915 dieron forma a la técnica de cristalografía por difracción de rayos X, que permite observar la estructura atómica de las moléculas biológicas. En 1923 Theodor Svedverg perfeccionó el método físico de la ultracentrifugación, que utiliza la fuerza centrífuga para separar y purificar los componentes subcelulares. En 1937 Arne Tiselius desarrolló otro método físico, la electroforesis, que separa a las moléculas por sus tamaños y cargas eléctricas. Y aunque no era físico, sino químico, Linus Pauling aplicó la física cuántica para estudiar la estructura de las moléculas; hacia 1939 lograría explicar aspectos fundamentales de la estructura de las proteínas.

En el mismo año, otro físico, Max Delbrück (alumno del gran Neils Bohr), se especializó en el cultivo de bacteriófagos (virus que infectan bacterias) como modelo de estudio para la naciente biología molecular. Y en 1944 se publicó el libro ¿Qué es la vida?, escrito por otro físico, Erwin Schrödinger, que inspiraría al biólogo Watson y al físico Crick, entre muchos otros, a dedicarse al estudio de la naciente biología molecular. Este proyecto culminaría su primera etapa con su descubrimiento de la estructura en doble hélice del ADN, lograda en 1953 gracias a la cristalografía de rayos X, y en la que participaron también el físico Maurice Wilkins y la fisicoquímica Rosalind Franklin.

No es cuestión de marcar territorios y delimitar fronteras infranqueables; sin la participación de la física, la más reciente revolución biológica simplemente habría sido imposible.

Un lugar para cada ciencia
Pocas ciencias tienen héroes tan notables como Isaac Newton, el hombre que explicó las leyes que mueven al cosmos, o Albert Einstein, revolucionario que cambió nuestra concepción de la luz, el espacio y el tiempo. Ni siquiera el biólogo Darwin, creador de una de las teorías científicas más poderosas de la historia, posee una presencia tan importante en el imaginario social de la ciencia (los químicos, sobra decirlo, están totalmente ausentes del mismo).

2005, centenario del annus mirabilis de Einstein, ha sido elegido como el año internacional de la física. No hubo una celebración equivalente (¿año de la biología?) para el 2003, en que se cumplía medio siglo del logro de Watson y Crick (aunque existe, eso sí, el Darwin’s day, que se celebra anualmente el 12 de febrero). Ni hablar de una celebración de la química, ciencia vista hoy como fuente de toda contaminación y de peligros sin fin. La presencia pública de la física, y el respeto que el ciudadano tiene por ella, siguen siendo inigualados.

Y sin embargo, no hay que olvidar que en ciencia, como en cualquier otro campo, es la diversidad y no la dominancia de una visión sobre las demás lo que asegura la mayor riqueza y amplitud de horizontes. 2005 es un buen año para recordarlo.

jueves, 13 de octubre de 2011

Los derechos del divulgador

Martín Bonfil Olivera 
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM 

Ponencia para el IX Congreso Nacional de Divulgación de la Ciencia y la Técnica
5 al 7 de abril de 2000, Morelia, Michoacán 

Amar es, finalmente, hacer el don de nuestras 
preferencias a aquellos a quienes preferimos 

Daniel Pennac, Como una novela 


El autor francés Daniel Pennac nos ofrece, en su bello libro Como una novela (Norma, 1993) los diez “Derechos imprescriptibles del lector”. Su convicción fundamental, que recorre toda la obra, es que para fomentar la lectura, para abrir las puertas de los libros a quienes se hallan excluidos del maravilloso mundo de lo literario (especialmente a los jóvenes), lo primero y más fundamental es abandonar “el dogma” de que “hay que leer”. Pennac sabe que para invitar a leer, primero hay que abandonar toda pretensión de obligar a leer.

Además de recomendarlo por tratarse de un librito delicioso, creo que los divulgadores de la ciencia haríamos bien en leer Como una novela, de Daniel Pennac, y aplicar sus consejos sobre la lectura a nuestra labor como promotores de la ciencia. Creo que los paralelos que pueden hallarse entre su visión y divulgación de la ciencia pueden ser muy útiles para todos los que nos interesamos por esta última actividad –o por ambas.

Como ya lo he expresado en otras ocasiones y foros, me adhiero a la visión que concibe a la divulgación científica como una actividad esencialmente de difusión cultural. Si quisiéramos ser grandilocuentes, podemos decir que su objetivo es fomentar la cultura científica de la población. Si somos modestos, basta con reconocer nuestra ilusión de compartir aquello que la ciencia tiene de asombroso y apasionante, y recordar que para ello es necesario dar al público las armas para que pueda apreciarlo. Dicho de otra manera, la divulgación científica, concebida con esta visión cultural, aspira menos a educar que a promover la apreciación de la ciencia (en el mismo sentido en que se promueve, por ejemplo, la apreciación del arte).

Los objetivos de la presente reflexión, sin embargo, son otros. Inspirado por la lectura del libro de Pennac, quiero presentar mi propuesta de “los derechos del divulgador de la ciencia”. Y aunque presento sólo nueve de ellos (Pennac, siguiendo los cánones bíblicos, ofrece diez), espero que sirvan para despertar un poco de discusión, de reflexión, o al menos una sonrisa de parte de mis colegas.

Los derechos del divulgador 

1. El derecho a no hablar de temas que no le interesen

La divulgación científica pierde todo sentido si se convierte en algo obligatorio. El mayor fracaso de un divulgador es convertirse en un maestro (aunque probablemente un maestro que logre ser un divulgador será un buen maestro).

Dentro de esta lógica, hablar de un tema por obligación, porque “se tiene que” hablar de él, va en contra de la esencia de la divulgación, que es el entusiasmo, el asombro por la ciencia y el deseo de compartirla con los demás. Deseo que nace naturalmente: los humanos, seres gregarios, no podemos evitar compartir lo que nos gusta.

Un divulgador que comparte algo por obligación se está traicionando a sí mismo y a la esencia de su actividad. Habiendo tantos temas interesantes, ¿por qué hablar de uno con el que no podemos comprometernos por completo, del que no estamos enamorados? Sólo nos arriesgamos a que esta falta de compromiso se note y que nuestra obra tampoco logre interesar ni enamorar al público. Parafraseando a Wittgenstein: de lo que no nos apasiona, más vale no hablar


2. El derecho a hablar de temas que no sean “noticia”

Contrariamente a lo que muchas veces se piensa, el requisito supremo de todo producto de divulgación no es ser novedoso, sino interesante. Aunque las noticias científicas son siempre atractivas y necesarias –el llamado periodismo científico se ocupa esencialmente de ellas–, puede hacerse excelente divulgación sobre temas científicos de lo más anticuado e incluso trillado: las leyes de Newton, el funcionamiento de un foco, el significado de la ecuación de Einstein, el código genético.

Todo depende de la habilidad del divulgador para lograr una obra que capture la mente del público y le permita acercarse a estos conceptos trillados con una perspectiva fresca, interesante, novedosa. Un buen divulgador nunca se dejará detener en su deseo de compartir algo interesante sólo porque no es novedad: al contrario, aceptará la ocasión como un reto para demostrar su amor por la ciencia y para compartirlo. Puede además aprovechar la ocasión para convencer a editores y funcionarios que insisten en publicar sólo “novedades”.


3. El derecho a explicar las cosas de la forma que le parezca más atractiva

Hay ocasiones en que se afirma que un concepto no está “bien explicado” sólo porque la explicación no concuerda con la más usual (y que muchas veces proviene de los libros de texto). Sobra decir que el divulgador de la ciencia, al recrear los conceptos científicos que quiere comunicar para hacerlos interesantes y accesibles al público, tiene no sólo la libertad, sino la responsabilidad de dar a su obra la forma que considere más útil para el cumplimiento de sus fines.

Los expertos a veces tienen problemas para aceptar una versión de la ciencia distinta a la que se maneja en los círculos académicos. Si bien hay que escuchar sus críticas con atención, conviene tener siempre en mente que la divulgación de la ciencia tiene muchos más parecidos con, por ejemplo, el arte o la literatura, que con la ciencia misma. La obra de un divulgador es una creación individual (o colectiva) única, en la que su cultura, destreza y originalidad deben conjugarse para dar un producto capaz de conquistar la atención, la mente y el corazón de su público. Sólo así puede cumplir con su cometido. Y tiene que hacerlo de la mejor forma que pueda, a su manera, corriendo sus propios riesgos.


4. El derecho a no mencionar todos los detalles acerca de un tema dado

La ciencia, por su propia naturaleza, busca la precisión y el detalle. De nada vale un hecho científico si no puede comprobarse con cierto grado de exactitud. Es por eso que no cualquier estudio puede ser considerado científico.

La divulgación de la ciencia,por su parte, si bien aspira a comunicar el espíritu de la empresa científica y la importancia de sus métodos, su forma de abordar los problemas y sus resultados, no necesariamente está obligada a respetar el nivel de detalle que sería requerido en, digamos, un informe científico. Por el contrario: el divulgador, en cumplimiento de su objetivo supremo -la comunicación de las ideas científicas a un público- debe esforzarse por adaptar su mensaje a las necesidades, intereses y características propias de ese público. Esto muchas veces quiere decir que tendrá que seleccionarse sólo aquella información que sea pertinente y accesible a quien va a recibirla. No debe considerarse que la necesidad de podar la información que va a divulgarse sea una pérdida, pues lo que se sacrifica en amplitud, profundidad y precisión de los datos, se gana en claridad, interés y cantidad de público. La divulgación de la ciencia aspira, sobre todo, a capturar a su audiencia; ya tendrá ésta, más adelante, ocasión de conocer los detalles, ya sea mediante obras de divulgación de más alto nivel o mediante la enseñanza formal.

5. El derecho a tener su propia opinión

En muchas cuestiones científicas, sobre todo las más actuales o las más profundas, los propios especialistas no llegan a estar de acuerdo sobre cómo interpretar ciertos datos, cómo expresar ciertas concepciones, qué rutas seguir en la investigación de un fenómeno. Esto, lejos de ser un defecto, es parte esencial del funcionamiento de la ciencia, queel filósofo Daniel Dennett ha llamado “el arte de equivocarse en público”.

El buen divulgador científico, que debe estar lo suficientemente familiarizado con la información como para manejar los hechos y las diversas opiniones con soltura, tiene el derecho a tomar partido y expresar sus opiniones, siempre y cuando las justifique y las ponga en una perspectiva que permita que el lector juzgue por sí mismo. Esto incluye el derecho a dar a su obra la forma que más le plazca, la que considere más útil, más adecuada o simplemente más agradable o interesante.

6. El derecho a cultivar la variedad de divulgación de la ciencia que prefiera

El deseo de compartir la ciencia con el público no especialista puede partir de diversas fuentes. Puede ser un impulso meramente estético, similar al que nos hace montar exposiciones de arte, dar conciertos de música o recitales de poesía: la convicción de que el arte y todas las creaciones del intelecto humano capaces de provocar asombro, placer o reflexión valen la pena de ser compartidas con nuestros semejantes.

Hay también quien está convencido de que la enseñanza de la ciencia en las escuelas tiene profundas carencias y limitaciones, que puedeny deben ser llenadas por los divulgadores. Entre estos dos extremos caben muchas otras motivaciones para el divulgador: fomentar vocaciones científicas, mejorar la percepción pública de la ciencia, democratizar el conocimiento, expresar la propia creatividad, despertar la conciencia social respecto a la importancia, promesas y peligros de la ciencia. Y muchas otras. Lo importante es reconocer que todas son válidas, y aunque en ocasiones lleguen a contraponerse, el arte del divulgador puede lograr que se conjuguen en una misma obra de divulgación.


7. El derecho a equivocarse

La corrección científica llega en ocasiones a convertirse en un verdadero lastre para la creatividad del divulgador. Aunque es indudable que hay que aspirar a la mayor corrección posible en la información que se incluye en una obra de divulgación, es imposible desterrar los errores que, por causas que van del descuido a la falta de claridad en la comprensión de un concepto, aparecen en todo trabajo, sobre todo si es extenso, novedoso o profundo.

La recreación del conocimiento científico que es característica de las mejores obras de divulgación hace que muchas veces se recurra a interpretaciones novedosas, yuxtaposiciones inéditas y versiones que difieren de lo comúnmente aceptado. Suele suceder que estas muestras de originalidad sean vistas como “errores”, cuando son sólo variantes en la forma de expresar un hecho científico.

Errar, por otro lado, es humano. Sorprender a un divulgador en pleno yerro no debe ser motivo para descalificarlo. Por el contrario, sólo quien no se arriesga y repite simplemente la información en su forma original puede estar seguro de no equivocarse. Esta actitud está en directa oposición con el ideal al que aspira cualquier divulgador creativo.

De cualquier modo, para tener derecho a equivocarse, un divulgador debe siempre hacer su mayor esfuerzo para tener una comprensión correcta de los conceptos, estar actualizado y mostrarse siempre dispuesto a aceptar una corrección. Al igual que en la ciencia, sólo la colaboración y crítica de sus compañeros puede evitar que un divulgador yerre el camino y se convierta en un popularizador de sus propias teorías, desligadas de la ciencia que hacen los científicos.

8. El derecho a ser reconocido como parte de la comunidad científica

¿Es “científico” un divulgador científico? ¿O es un mero divulgador “de la ciencia”? La pregunta no tiene mucho sentido, como no sea para reafirmar una convicción discriminatoria y elitista por parte de quienes hacen ciencia. Desde luego, un divulgador no busca principalmente hallar nuevo conocimiento acerca de la naturaleza, pero a su modo -sobre todo si se trata de un buen divulgador, o incluso de un gran divulgador- eso es precisamente lo que hace. Al crear nuevas formas de interpretar, expresar y combinar el conocimiento científico, puede abrir nuevas vías en la comprensión del mundo que nos rodea, arrojar nueva luz en la forma de interpretar los datos aportados por los investigadores científicos. Los magistrales trabajos de Stephen Jay Gould o Richard Dawkins bastan como muestra de estas posibilidades.

Pero aun en el caso de los divulgadores comunes y corrientes, el hecho de dedicarse a una labor que nace de la ciencia, trabaja por ella y la maneja cotidianamente, para compartirla y fomentar su apreciación por parte de la sociedad hace que el empeño de negarles el apellido “científico” se convierta en muestra de un talante mezquino o necio. Si quien comparte la cultura es un promotor cultural, si quien maneja a un cantante es un representante artístico, ¿por qué no sería divulgador científico quien dedica su vida a promover la ciencia?

9. El derecho a cobrar por su trabajo

Cuando se habla de dinero surge el resquemor de estar abaratando o prostituyendo los valiosos bienes que el divulgador pretende compartir desinteresadamente con su público. El lento surgimiento de profesionales dedicados a la divulgación de la ciencia, lo heterogéneo de la comunidad, y la costumbre, nacida de los tiempos en que hacer divulgación era una rareza y un favor, hicieron surgir la costumbre de ofrecer cualquier producto de divulgación sin pedir una retribución por el mismo. Solía ser un “honor” ser invitado a colaborar en una publicación, a dar una conferencia o a participar en la planeación de un museo.

Hoy el reconocimiento por parte de la sociedad de la importancia de la ciencia y su divulgación hacen que, al no cobrar por su trabajo, un divulgador está en realidad obrando en contra de sus colegas y de su disciplina. Trabajar sin pago es una forma de reforzar precisamente el prejuicio que más perjudica la labor de los divulgadores de la ciencia: que su actividad es algo que cualquiera puede hacer, que se hace en los ratos libres, y que no vale tanto como otras actividades más “serias”. Sin detrimento de la tradicional solidaridad que hace que todo divulgador esté dispuesto a ofrecer su colaboración a quien no pueda dar nada a cambio, siempre y cuando muestre interés y respeto por la labor que solicita, es necesario un cambio de actitud entre los divulgadores. Un trabajo bien hecho merece siempre una adecuada compensación; sólo quien no valora su propio trabajo, o quien no quiere comprometerse a hacerlo con calidad, puede aceptar hacerlo sin paga.


Referencias: 
Pennac, Daniel, 1993, Como una novela, Bogotá, Norma.

miércoles, 3 de agosto de 2011

¿Quién vive dentro de mi cerebro?


Hace años (1998) publiqué en el extinto suplemento de libros  Hoja por hoja esta reseña, que hoy recupero. 

¿Quién vive dentro de mi cerebro? 

Reseña de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver W. Sacks 

México, Muchnik Editores/Océano 
(El ojo infalible), 1985. 
isbn 970-651-150-4 

Martín Bonfil Olivera




Los libros cuyo tema es la ciencia normalmente se inclinan hacia uno de dos extremos. Unos se centran en los conceptos científicos y nos presentan una explicación más o menos detallada y comprensible de alguno de ellos: la evolución, la relatividad, la contaminación... Otros son libros verdaderamente literarios, en el sentido de que no contienen realmente ciencia, sino literatura. Primo Levy, Alan Lightman, Italo Calvino son ejemplos de esta –no tan común– vertiente.

Entre los comunicadores de la ciencia es perpetua la discusión sobre hacia cuál de estos extremos debe tender su actividad. Podríamos decir que la divulgación de la ciencia se debate entre concentrarse en la forma –lo literario– o el fondo –los conceptos científicos.

Y sin embargo, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, el más famoso libro de Oliver Sacks, nos viene a mostrar que hay una tercera vertiente: la de la ciencia que es literatura.

Es sabido que los médicos, por tradición, siempre han escrito bien. Su profesión se presta a ello: entre las historias clínicas y los relatos, y entre éstos y la literatura sólo hay pequeños saltos (aunque no cualquiera pueda darlos).

Pero Sacks va más allá. Nos muestra con claridad cómo un médico construye relatos para tratar de encontrar algún sentido -médico, humano- en los padecimientos de sus pacientes. Y cómo en esta búsqueda crea a la vez una obra literaria y una explicación científica de estas enfermedades (que uno duda en calificar de “nerviosas” o “mentales”, y a veces incluso de “enfermedades”). Como lo expresa en la introducción, “me interesan en el mismo grado las enfermedades y las personas... hemos de profundizar en un historial clínico hasta hacerlo narración o cuento; sólo así tendremos un ‘quién’, además de un ‘qué’ ”.

Nos sumerge así en una serie de relatos en los que aparecen los protagonistas más inverosímiles... Encontramos, además del caso que da título al libro, a un individuo que cree que su pierna es un objeto extraño, ajeno… Otro que ha perdido la memoria, y vive eternamente en 1945… Una mujer que ha perdido la sensibilidad de su cuerpo. Encontramos también a Hildegarde, la abadesa de Bingen que creó bellísima música y cuyas visiones celestiales seguramente eran en realidad manifestaciones de su epilepsia. Y muchos más, todos ellos igualmente “marcianos”, como lo expresa el autor.

Pero más allá de lo sorprendente, el libro provoca una sensación de profunda inquietud, pues sus casos nos ponen frente a frente con el problema mismo de la identidad. ¿Quiénes somos? ¿Somos sólo nuestro cerebro? ¿Vivimos dentro de él? Los extraños casos de Sacks muestran cómo se desmoronan partes del yo que solían considerarse esenciales, partes más de la psicología que de la neurología, y nos deja claro que lo mecánico, lo físico, lo biológico forma parte más íntima de lo que somos como individuos, de nuestro yo, de lo que normalmente se piensa. Sólo puedo comparar esta sensación con la que produce la inevitabilidad de nuestra propia muerte. Aunque la desesperanza que produce la muerte es sustituida, en el caso del enigma del cerebro, por inquietud, sí, pero también por un profundo sentido de maravilla, sorpresa, y curiosidad.

No podemos ver, no podemos siquiera saber que existe algo como una imagen, si tenemos un daño en la corteza visual del cerebro. Lo mismo sucede con otros sentidos, con la sensación de lo propio, con el sentido del tiempo, con el amor... el mundo real, ese mundo de “allá afuera”, se desmorona, al parecer, cuando hay fallas en ese cerebro que somos.

Probablemente la empresa de comprender cómo un cerebro puede dar origen a ese fenómeno maravilloso que es el yo, un ser humano, es la más interesante de este fin de siglo. ¿Quienes somos? Tal vez sólo cerebros, pero también, como bien nos lo recuerda Oliver Sacks, somos individuos, seres humanos. Y de eso, de que somos y por tanto existimos, es de lo único que podemos estar seguros.



viernes, 10 de junio de 2011

miércoles, 11 de mayo de 2011

Presentación de libros sobre la revolución (coordinados por mi madre)


Tarde pero lento, por si algun@ tiene chance, les aviso que mañana jueves 12 se presentará La nueva y segunda edición de los tres tomos de la obra MI PUEBLO DURANTE LA REVOLUCIÓN, coordinada por mi mamá. Será presentada el próximo 12 de mayo de 2011 a las 19 horas; el evento será en la sección de Estudios Históricos del INAH en Tlalpan, D.F.

La verdad, los libros están preciosos, llenos de relatos interesantísimos y conmovedores, y seguramente el evento estará muy lindo. Quedan invitad@s.

Más detalles aquí: http://cienciaysociedad.blogspot.com/2011/04/mi-pueblo-durante-la-revolucion-2.html

jueves, 21 de abril de 2011

Seminario sobre divulgación científica

Gracias a la iniciativa, entusiasmo y dedicación de Raúl Alva, de la UAM-Iztapalapa, ya están subidas las 5 partes del "Seminario Educiencia" con el tema La Divulgación Científica, llevado a cabo el  jueves 12 de abril pasado en la UAM Iztapalapa.

Participamos el propio Raúl Alva, Ricardo Quit, Carlos Kerbel, Enrique Mendieta y un servidor.

Aquí están los links:















El audio no es maravilloso pero se entiende bien casi todo el tiempo. ¡Ojalá les guste, les interese y quizá hasta les sea útil!

Para recibir ¡Mira! por correo electrónico

cada vez que aparezca algo nuevo, ¡suscríbete aquí!


martes, 22 de marzo de 2011

Mr. Burns realista...

¡Ay, qué feo está! (pero qué buen trabajo)...

sábado, 26 de febrero de 2011